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El duende del Sr. de Sipán

Ella miró una estrella fugaz (o tal vez un insecto luminoso).
La incertidumbre no me permitió tomar aquella visión como una señal,
pues, que yo sepa, es con los cuerpos celestes que siempre
intentamos descifrarnos.

A esas horas de la noche, la Luna aún no se decidía
si ser más cuarto creciente o llena,
pero por su posición, al igual que la Plaza de Cibeles,
terminaba escondida de nuestra vista a pesar de su inevitable evidencia.
Como fondo musical, sonaban las copas de quienes brindaban.
“Unánime noche”, recordé a Borges.
“¡Cuántas estrellas en esta noche!”, desde mi mortalidad.

Al leer “Morente” en la lista, dije “Morente”.
Y la única opción era Omega, la última letra del alfabeto,
que podía significar el fin, “como el fin de este viaje”
(citando a otro argentino)
o “se acabó”, otra vez yo.

Me dijo mi madre que, si no escuchaba flamenco
en Sevilla, prometía torturarme con cartas llenas
de faltas de ortografía durante todo un mes...
Pues ahora tendrá que ser ella Gabriela Mistral,
a pesar de que fue en Madrid donde contacté con esa música negra
y no en Sevilla.

Licuados estaban Morente,
Lagartiga Nick, Leonard Cohen
y el querido Federico García Lorca;
el más flamenco de los flamencos,
quien encumbró a un viejo guitarrista
para escribir que “el duende sube por dentro
desde la planta de los pies”.

Si el duende lorquiano es aquel que
le da vidilla a la muerte en España,
del mismo modo, en sepulturas llenas de oro
y conchas spondylus,
se entiende que los nobles mochicas hoy enterrados
quisieran desde la majestuosidad colorear el paso al más allá.

Preguntándome si eras bailarina
colombiana o, si acaso, trajeras
esmeraldas de esas tierras,
gracias al duende flamenco,
y sin necesidad de oro o piedras a mi alrededor,
fui por una noche el Sr. de Sipán que,
desvestido por los ángeles en la Puerta de Toledo,
sintió ese misterio que ningún filósofo explica;
ni Goethe citado por Lorca.

Francisco Estrada. Barcelona, 12 de septiembre de 2011