Salsa pa’ los faytes, rock… pa’ los cojudos

Héctor Lavoe e Iggy Pop: pesadillas para las suegras
“Zona jebi”, “zona punk” o “zona wave” eran algunas de las pintas en aerosol que se podían leer en las calles de Lima hacia finales de los años ochenta. Estas demarcaciones territoriales estaban escritas por adolescentes que, sin esa radicalidad, difícilmente hubieran podido dibujar los trazos maestros de la personalidad que les acompañaría por el resto de sus vidas.

Y a esos jóvenes, al igual que a todo el mundo, los cimientos 'identitarios' se les fueron rellenando con otros aromas y sabores con el paso del tiempo; según la capacidad de reinvención de cada quién. Y, por qué no, supongo que algunos demolerieron su edificio para construir uno nuevo… pero a estos últimos especímenes, aún no tengo el privilegio de conocer.

Traigo esto a colación porque, este fin de semana, la Fania All Stars ofreció su primer concierto en la capital del Perú. No explicaré detalles de este grupo salsero, que para eso está Wikipedia, ni haré una lista de los integrantes originales que han sobrevivido desde que esta mítica orquesta se fundara en 1968. Más bien, creo que es mejor preguntarnos por qué esta banda es importante para Lima y otras ciudades latinoamericanas y qué lugar le tocó ocupar en su momento.

The White Album
En la Lima de fines de los años 60, mucho más fragmentada y clasista que ahora, los chicos buscaban sus íconos, modas y músicas; tal como ahora. El puerto del Callao, otrora gran autopista para los vinilos de distintos géneros que se iban produciendo en el mundo, fue el responsable de que algunas bandas de rock peruanas no sonaran tan ingenuas sino hasta transgresoras; tal es el caso de las muy conocidas Traffic Sound o Saycos.

A ver ponles rock a estos limeños de barrio... para aburrirlos (Foto: Pasache)
Sin embargo, estos grupos y sus referentes internacionales (léase Beatles, Pink Floyd o The Who, entre otros) estaban muy lejos de poder representar a la hierba mala de la sociedad limeña, por más marihuana californiana que hubiera en medio. Me refiero a aquellos chicos que, por sus costumbres, condición social o económica, no eran precisamente el yerno soñado de cualquier madre sensata de la época (así esta perteneciera a una clase poco pudiente).

Según se puede deducir de la novela ¡Que viva la música!, del escritor colombiano Andrés Caicedo, la salsa significó en algunos círculos de jóvenes intelectuales de Cali, Colombia, la respuesta musical latinoamericana frente al rock & roll ‘extranjero’. Caicedo, salsero confeso que nunca dejó de escuchar a los Stones, seguro de que obvió el hecho que la salsa era un producto estadounidense; neoyorquino, para ser más precisos.

Para él y sus anhelos reivindicativos eran más importantes, supongo, el idioma (letras sobre amores de ‘barrio’, drogas, delitos, prostitución…) y aquellas cadencias caribeñas que permitían restregarle la hebilla a la pareja de baile y obviar los manuales de buenas costumbres. A todo esto, recuerdo una frase que escuché en una fiesta de adultos cuando yo aún no lo era: “Hay pasos en la salsa que, por respeto, no se los puedes hacer a tu mujer”. Sí, machismo total, pero no olvidemos que esas otras mujeres distintas a esa mujer ‘oficial’… ¡eran mujeres! Así que todos y todas pecaban igual de rico con los timbales de Machito.

Otra cosa es la salsa, señores...

Dudo mucho de que mi padre u otras personas de la época se hayan decantado por la salsa debido a convicciones ideológicas. Simplemente, en los países donde la salsa fue importante, esta recogía un sentir para el cual el rock no servía. Cuando ‘Cheo’ Feliciano cantaba algo así como “bailando en los callejones” estaba conectando automáticamente con, precisamente, los callejones y zonas conceptualmente cercanas; donde el “chi lof yu, ye, ye… yei” no solo era indescifrable sino, valgan verdades, un poco cojudo.

Así que, más que pretensiones revolucionarias o convicciones contestarías (que en el Perú pudo haberse dado, por ejemplo, con el escritor José María Arguedas y su exaltación del milenario danzaq), lo que ocurrió con la salsa y el ‘pueblo’ latinoamericano fue conexión de piel y punto. Conexión entre aquellos jóvenes de barrios modestos que se preparaban para robar en la playa a los pitucos (pijos), conexión entre quienes tenían que atrapar a sus amigos ladrones (policías de barrio) y conexión entre los que no estaban en alguno de esos extremos, pero sí en el medio, abrazándose y chupando chela con el bien y el mal, con las cantinas y prostíbulos convertidos en los limbos necesarios donde dar rienda suelta a complicidades culturales; aquellas que no se estudian sino que se bailan, toman y follan.

Transgresor, pero no precisamente 'fayte'.
Alguna vez, mientras yo aporreaba el piano de la casa (nunca aprendí a tocarlo bien) con una versión de Foxy Lady, mi padre, el antirock por antonomasia, me sorprendió diciéndome “ah, Hendrix”. Eso me sacudió el mapa antropológico musical con el que ubicaba a mi progenitor, pero, a la vez, me hizo comprender que, como siempre pasa en la realidad, todo no podía ser blanco o negro, y que sí hubo propuestas muy puntuales de rock (más tirando para lo que ahora llamamos funk) capaces de hacer mover las pelvis de los muchachos de la época, pero que se vieron derretidas por las abrasadoras llamas que, desde la Gran Manzana, Johnny Pacheco y Jerry Masucci lanzaban a los tórridos cuerpos del continente americano.

¿Por qué no vas… pero sin mí?
Para que se divirtiera, mi mamá quería que mi papá fuera este sábado (sin ella) al concierto de la Fania en el Estadio de la Universidad de San Marcos, pero él le respondió que no... Porque esa zona es medio pendeibis, que ahí queda Palomino (una unidad vecinal por la cual no mola caminar si ya tienes 65 años y quieres llevar tus mejores zapatos blanco con negro y tu mejor pantalón rojo). No, para él, preferible era ver el concierto por la TV y lustrar el suelo de la casita con aquellos pasos aprendidos en las inmediaciones de 1968… y sin que los pirañitas reggaetoneros tengan la tentación de robarle los zapatos Florsheim al autoproclamado mejor bailarín de salsa de Lima…

Pues sí: muy buena decisión, Pacho... aunque tal vez hubieras podido inspirar a alguna oveja descastada (o desalsada); a uno de esos tontos que hasta ahora no saben de lo que se están perdiendo. Te extraño.

Francisco Estrada (Barcelona, 21 de marzo de 2011)

9 comentarios:

Anónimo dijo...

http://www.youtube.com/watch?v=HC4KP3eaN5E&feature=related

francisco estrada dijo...

http://www.youtube.com/watch?v=4W6ngJi_HZc

Anónimo dijo...

http://www.youtube.com/watch?v=GszmaWV8Mp8&feature=related

Anónimo dijo...

http://www.youtube.com/watch?v=KpiY999wHTM

francisco estrada dijo...

http://www.youtube.com/watch?v=3RlS2illNgE

Anónimo dijo...

http://www.youtube.com/watch?v=QBTXa7N5G_8

francisco estrada dijo...

;)
http://www.youtube.com/watch?v=YbGzi2JbrJY

Anónimo dijo...

http://www.youtube.com/watch?v=CzuUFU8AiHM

francisco estrada dijo...

http://www.youtube.com/watch?v=vN9t-owZyGQ&feature=related